La brisa soplaba y soplaba sobre el
atardecer, soplaba quien quiera que sople la brisa y la empuje del todo, fuera
de donde quiera que sea. Golpeaba allá abajo las alas de una tierna mariposa,
golpeaba y golpeaba, se dejaba golpear y volaba con ella. Pretendía engatusar a
todo objeto capaz de flotar: hoja, idea, bolsa plástica o envoltorio de
caramelo brillante. Lucía sus mejores galas con aquel olor característico a
mañana de domingo bien temprano, croissant recién hecho.
Era realmente un buen día para respirar bien
fuerte y sin embargo al hacerlo Marie cayó al suelo quedándose por un momento
sin aire. Permaneció suspendida una eternidad en una postura de lo más cómica
hasta que logró aterrizar de emergencia sobre su tercer metatarso. Rotura segura,
de algún que otro hueso y sin duda, de su desafortunada dignidad.
Justo
en el momento en que Pierrot pasaba por allí, qué cosas… Él se giró instantáneamente, ante el inequívoco sonido de la expectación, un
silencio curioso. La brisa en cambio, le había preparado un accidente distinto,
mientras Marie volaba a menos varios kilómetros por hora sobre sí misma un
soplo de aire frío erizaba hasta el último vello de su cuerpo. La encontró con
los ojos y algo en él también se vino abajo,
rotura segura, se dijo. También cayó, pero de una forma distinta, se fraguó una
batalla en su mente de al menos segundo y medio hasta que por fin se vio de
forma intangible, por supuesto, rendido a
sus pies.

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