lunes, 5 de julio de 2010

Cuentos de Tokio. Ozu (1953)

    "Corte al tren propiamente dicho, y al ensordecedor ruido de las ruedas mientras giran vertiginosas a lo largo de las vías. Nos vemos precipitados al futuro.
      Momentos después nos encontramos en el interior de uno de los vagones. Noriko va sola, con la mirada perdida en el vacío, pensando en algo. Transcurren unos segundos, y entonces coge del regazo el reloj de su suegra. Abre la tapa, y de pronto oímos la manecilla pequeña haciendo tictac en torno a la esfera. Noriko examina el reloj, la expresión de su rostro a la vez triste y contemplativa, y mientras la vemos con el reloj en la palma de la mano, tenemos la impresión de contemplar el tiempo mismo, el tiempo que se acelera al ritmo del tren, impulsándonos hacia una vida más plena, pero también el tiempo como pasado, el pasado de la suegra muerta, el de Noriko, el pasado que vive en el presente, el que trasladamos con nosotros al futuro.
       Resuena en nuestros oídos el estridente silbido del tren, un ruido cruel y desgarrador. La vida es decepcionante, ¿verdad?
      
Quiero que seas feliz.
        Y entonces la escena concluye bruscamente."




Una escena de Ozu narrada por Paul Auster, un fragmento literal de un gran libro.
Siempre defendí que no existe mejor regalo que el que uno hace con sus propias manos. Me equivoqué. Este fragmento es como aquellos zapatos viejos que te trae alguien porque no le valen y derepente te quedan como un guante. Es como la más deliciosa de las coincidencias, no habría escrito nada con lo que pudiera expresar ese pedazo que ahí va, por la ventana.

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