miércoles, 22 de agosto de 2012

Au revoir!


La palabra definitiva es casi una falta de respeto al devenir de las cosas hermosas. Como tú. Existe el cambio, el movimiento, los aviones y por consiguiente la energía cinética, potencial, las inquietudes y los parapentes. Sin embargo algo es seguro, nada de ello va a quedarse nunca quietito esperándonos. Y eso en su esencia mal no está, el problema es el escenario, la parte estática, las pistas de despegue, el punto del que se tiran los parapentes, el papel donde resuelvo mis problemas de física, esas cosas... lo que se queda viendo cómo te alejas.
Lo que te quiero decir es que… Donde ayer había un pozo hoy puede que haya una tapia o quizás un jarrón de piedra desproporcionado y bajo tierra del que brotan matojos y arbustos. No deja de ser hermoso, siempre y cuando mantengas viva su grandeza.
¿Ves por dónde voy verdad? El adiós se me antoja contigo casi una palabrota y donde ayer hubo un pequeño prado verde de ensueño rodeado de edificios blancos somníferos puede que mañana haya un recuerdo inolvidable y para hacer una excepción, tan intangible como definitivo.
Te voy a echar de menos.
 


Curioso.


La brisa soplaba y soplaba sobre el atardecer, soplaba quien quiera que sople la brisa y la empuje del todo, fuera de donde quiera que sea. Golpeaba allá abajo las alas de una tierna mariposa, golpeaba y golpeaba, se dejaba golpear y volaba con ella. Pretendía engatusar a todo objeto capaz de flotar: hoja, idea, bolsa plástica o envoltorio de caramelo brillante. Lucía sus mejores galas con aquel olor característico a mañana de domingo bien temprano, croissant recién hecho.
Era realmente un buen día para respirar bien fuerte y sin embargo al hacerlo Marie cayó al suelo quedándose por un momento sin aire. Permaneció suspendida una eternidad en una postura de lo más cómica hasta que logró aterrizar de emergencia sobre su tercer metatarso. Rotura segura, de algún que otro hueso y sin duda, de su desafortunada dignidad.
 Justo en el momento en que Pierrot pasaba por allí, qué cosas… Él se giró instantáneamente, ante el inequívoco sonido de la expectación, un silencio curioso. La brisa en cambio, le había preparado un accidente distinto, mientras Marie volaba a menos varios kilómetros por hora sobre sí misma un soplo de aire frío erizaba hasta el último vello de su cuerpo. La encontró con los ojos y algo en él también se vino abajo, rotura segura, se dijo. También cayó, pero de una forma distinta, se fraguó una batalla en su mente de al menos segundo y medio hasta que por fin se vio de forma intangible, por supuesto, rendido a sus pies.